PRACTICAMOS PORQUE SOMOS HUMANOS

Portada: practicamos porque somos humanos

PRACTICAMOS PORQUE SOMOS HUMANOS

Para empezar y mantener la práctica de cualquier actividad debe haber alguna satisfacción en ello. El impulso hacia esa satisfacción es lo que se llama motivación. Esta puede ser externa, como la consecución de objetivos a largo plazo; pero es fundamental una interna, una satisfacción en la propia práctica.

Este gusto por el juego y la curiosidad sobre uno mismo y los demás, así como su evolución hacia sistemas complejos de entrenamiento, es algo de importancia e implicaciones no solo psicológicas, sino incluso antropológicas y evolutivas.

LA SOFISTICACIÓN DEL JUEGO

El ejercicio y el deporte en sí no son algo que imponga la moda, aunque puedan ser sujeto de especulación, como todo lo es. Por más que el esquema de consumo actual lo convierta todo en marcas registradas y redescubrimientos de la rueda, o promesas varias de resolver problemas existentes o ficticios, el ejercicio, el juego, la satisfacción que viene de sudar y desarrollar habilidades, siempre han estado ahí y se espera que siga estando.

Nuestra forma de ser sociales es cultural (a diferencia de los animales llamados eusociales como las abejas, en las que la organización social viene bien definida genéticamente). Todos los mamíferos (y algunas aves) tienen el juego con congéneres como parte importante de su desarrollo. Este viene definido siempre por unas reglas.

La sofisticación del juego

En el caso humano, además de esto y por nuestra capacidad simbólica o de manejo de abstracciones, tenemos cosas como el entrenamiento, que es ya una práctica optimizada y con método orientada conscientemente a fines y objetivos específicos. Saber qué hacemos, por qué y para qué, es nuestro privilegio humano. El juego en general viene, de forma más primaria, con nuestra condición de primates. Somos curiosos, juguetones y comunicadores.

LA MOTIVACIÓN

A menudo hacemos las cosas solo por inercia, hábito, presión de grupo, etc., sin plantearnos realmente de dónde sale esa motivación, cuál es el impulso que nos mueve. Investigar y conocer las propias motivaciones nos ayuda a conocernos y crecer como personas.

A la hora de clasificar las motivaciones, distinguimos entre motivación intrínseca y extrínseca, que suelen combinarse. 

La motivación extrínseca viene dada por motivos ajenos a la propia actividad. Por ejemplo, a menudo se realiza un trabajo que no nos gusta especialmente, o que incluso detestamos, pero lo hacemos de buen grado con la vista puesta en la paga.

Muchas veces la motivación extrínseca es necesaria para comenzar una rutina: hace falta una chispa que arranque el motor, pero una vez iniciada lo ideal sería que la práctica se mantuviese por motivaciones intrínsecas. En las artes marciales difícilmente se avanza si no nos gusta y disfrutamos lo que hacemos. Esto se ve muy fácilmente en las clases con niños apuntados por sus padres.

En la motivación intrínseca es la conducta en sí misma lo que nos anima sin necesidad de estímulos externos: nos apetece hacer algo, lo disfrutamos, y resulta fácil convertirlo en un hábito.

Arte motivación running

Ambos tipos de motivación se ayudan mutuamente: la práctica deportiva ayuda a muchas personas a descansar de la rutina de ese trabajo que hacen por la necesidad del sueldo, y esa evasión es en sí una satisfacción instantánea.

Se proponen objetivos realizables fuera de las vicisitudes complejas de la vida cotidiana. Y ponerse en manos de un instructor es un gran descanso para la mente, que solo ha de concentrarse en lo inmediato. Los pequeños logros rápidos son los peldaños que nos llevan a los grandes resultados a largo plazo.

A veces este cambio a largo plazo es un premio que llega casi sin darse cuenta de forma natural. Uno entrena por gusto, y si además se pone fuerte, ¡pues estupendo! El gran científico y divulgador Richard Feynman dijo una vez: la física es como el sexo: claro que da alguna compensación práctica, pero no es por eso por lo que lo hacemos.

​Siguiendo con las citas, el psicólogo Robert W. White señaló que uno de los motivos principales de los seres humanos es el deseo personal de controlar su propio ambiente. Cuando uno controla su cuerpo ya tiene mucho camino hecho, se siente menos a merced del entorno y más confiado a la hora de abordar los cambios que estén en su mano, así como para distinguir aquello que no lo está.

Motivación en la naturaleza

CONÓCETE A TI MISMO​

Las artes marciales, que siempre se han planteado como un camino de autoconocimiento, tienen algo especial en cuanto a esto. Si alguna vez uno cree tener superpoderes, y es honesto como para ponerlos a prueba, pronto algún compañero amable nos sacará del error.

En su práctica se vive una relación muy directa con el propio cuerpo, o incluso identificación. Es decir, somos el cuerpo –y lo que lo mueve, si hacemos esa distinción. No se mete uno en un combate como si el cuerpo fuese de otro o como si fuese un objeto externo. También se vive un trato muy directo con otros en condiciones muy especiales, y este trato personal de tú a tú es enormemente enriquecedor.​

En todas las artes marciales, pero especialmente los que andamos en disciplinas como el Taichi Chuan, nos encontramos a menudo con argumentos pseudoespirituales más allá de todo esto, que pretenden separar lo “marcial” de lo “espiritual”. Estos discursos a menudo están asociados a una visión muy sesgada, que solo acepta o conoce una parte, como si estas disciplinas solo consistiesen en movimientos lentos, o como si el espíritu hubiera de ser siempre lento. Como si solo hubiera poesía en lo ñoño. Como si sentir y enfrentarse a los propios límites no nos hiciese sentir vivos, y no fuese algo bello y sublime, tanto como –o a veces más que– las caricias.

Motivación en artes marciales chinas

ALGO DESPIERTA EN NOSOTROS​

Aunque hoy no tenemos que perseguir la comida de forma directa, hemos evolucionado haciéndolo y eso no es algo que se borre fácilmente de los genes.

Sencillamente, hemos evolucionado adaptándonos a un medio que cambia más rápido que nuestra fisiología y anatomía. El entorno urbano es demasiado reciente como para que no nos resulte extraño movernos entre sus limitaciones (reales, como el mismo asfalto; y ficticias, como los protocolos y normas que hacen que sea extraño ver a un adulto trepando a un árbol en un parque).

Nos sentimos incómodos entre tanto sillón y cemento y el cuerpo nos pide marcha. Igual que un podenco es feliz persiguiendo pájaros y se marchita si está encerrado siempre en un piso. La diferencia solo radica en que nuestra capacidad de manejar abstracciones nos permite delegar el ejercicio en otros. Pero esto puede actuar en ambos sentidos: mirar a otros hacer deporte puede servir como satisfacción del impulso propio, pero también ser aprovechado como motivación/inspiración.

Dado que no existe una separación real entre mente y cuerpo, siempre será más completo un ejercicio que incluya la oportuna atención e implicación. Cuando todas estas capacidades humanas brillan, cuando provocan esa sensación maravillosa de integración con el entorno, esa zona que buscan los deportistas de élite, ese poder humilde que siente tanto un cazador de supervivencia como un recolector de plantas silvestres, es porque todo nuestro ser se implica en la acción. Así ha sido necesario en toda la evolución humana y está en nuestros genes deseando expresarse.

Desplegando nuestra naturaleza

​EL EJERCICIO COMO REALIZACIÓN

Por todo esto creo que tiene más sentido correr para llegar a la cima de un monte, que hacerlo en círculos contando vueltas y calorías, o en una cinta con los auriculares puestos. Maneras lícitas y dignas, sobre todo si no hay alternativa, pero indudablemente experiencias menos completas. Por no hablar de la diferencia de resultados en coordinación, inervación, etc.

Cuando hablamos de "realización" no nos referimos a otra cosa que a la práctica activa de la propia naturaleza, a ejercer la propia humanidad, y esta incluye un movimiento mucho más abierto y amplio que el de las máquinas de un gimnasio, aparatos que originalmente se inventaron para rehabilitar personas enfermas. Es decir, cuando hago el mono estoy disfrutando y ejerciendo mi “simiedad”. No solo soy una persona que corre cuando corro: estoy siendo humano. Al menos lo siento quizá más que cuando permanezco sentado en una silla ocho horas.

Motivación en la montaña

El nomadismo implicaba andar a menudo varios kilómetros con la casa a cuestas, como todavía se hace en algunos lugares. Aun hoy quedan, en las ardientes arenas del Kalahari, personas que cazan para sobrevivir corriendo bajo el sol durante horas hasta agotar a su presa, como se hacía hace muchos milenios. Sin ir tan lejos, muchos de nuestros más cercanos ancestros debían desarrollar un duro trabajo físico que dejaba poco tiempo y ganas para el deporte recreativo... Nuestros cuerpos funcionan mejor si trabajan al menos un poco para lo que evolucionaron; recorrer distancias y hacer esfuerzos. Por ello hoy se resienten al abusar de las comodidades de que disponemos.

A todos esos humanos que vivieron cerca del límite para que hoy estemos aquí, así como a todos los bichos que han evolucionado corriendo como forma de existencia, les debemos al menos una gota de sudor de vez en cuando.

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